– Aurora cuando salga de aquí pienso llevarte a un buen restaurante a cenar, y luego a bailar un buen tango en París – le dije a la buena de Aurora, muy sonriente, moviendo el bigote a continuación. La más servicial y atenta de todas las enfermeras que han pasado por tan ilustre casa de majaras. Atractiva, de cabello rubio y ojos verdes que mostraban, al menos para mí, bondad y ternura.

– Sí cuento con ello, y quítese los calzoncillos de la cabeza que no le favorece don Alejandro – me dijo aguantándose la risa mientras recogía ropa que tenía tirada por el suelo.

– ¿Sigue la Policía abajo? – Le pregunto a la rubia de ojos claros mientras me asomo por la ventana.

Abajo había varios vehículos de policía: unos oscuros y discretos, los que transportan caras de hueso duro con chaqueta y corbata, otros con distintivos y varios colores para los uniformados nacionales.

Varias horas llevaban ya en el despacho de doña Mercedes dos policías de chaqueta, mientras dos uniformados hacían guardia fuera. Los otros con gorras azul oscuro no dejaban de husmear por todas partes.

A nosotros nos habían recomendado amablemente que permaneciésemos en nuestras habitaciones.

– Quédate tranquilo y lee un rato que he visto que tienes por aquí libros interesantes Alejandro – me dijo Aurora, antes de abandonar mi jaula de paredes blancas y ventana de repintado marrón desgastado.

La miré serio, con el morro torcido y rostro de desaprobación. Estaba demasiado inquieto por lo que estaba sucediendo abajo después de que llamasen con la debida urgencia a las fuerzas del orden tras la desaparición de Agustín y la gerifalte de la administración.

Volví a asomar mi cara de curioso por la ventana y vi a doña Mercedes hablando con dos tipos, con chaqueta el uno y el otro con cazadora de cuero negro y una raya blanca en las mangas.Supuse que había acabado el interrogatorio en su despacho.

Parecía que me olían, miraron hacia arriba y me escondí de inmediato.

Llamaron a mi puerta abrí y era Ángeles – ¿Tienes ropa para lavar Alejandro? – Me preguntó algo inquieta.

– Está todo bien limpio no te preocupes – le dije mientras me asomé de nuevo al exterior, con más precaución.

– Bueno te dejo, quédate tranquilo que todo se arreglará – me dijo cerrando mi puerta. Yo continué observando a los de abajo que en ese momento entraron en el edificio.

Me senté en la cama pensativo. ”Jodido Agustín la que nos está liando, jamás pensé que pudiese hacer algo semejante”.

No transcurrió más de una hora cuando de nuevo llamaron a mi puerta. Abrí esta vez era Manuel, el enfermero más veterano de cuantos nos tienen que soportar y cuidar.

– Alejandro quieren hablar contigo, colabora por favor e intenta estar tranquilo, no hagas de la tuyas que ya nos conocemos – me dijo serio mientras se subía sus gafas.

Dicho esto salió y cerró la puerta. Al poco tiempo llamaron de nuevo. Dos golpes – ¿Don Alejandro Del Rio, podemos entrar? – No me dio tiempo a contestar y los dos hombres que antes hablaban con la directora los tenía ante mi presencia.

El más alto y corpulento llevaba chaqueta marrón, corbata negra y pantalones oscuros, barba de varios días, y canas en las patillas y en el pelo peinado hacia atrás encima de su arrugada frente, su acompañante el de la chaqueta de cuero, calvo y rapado, miraba a todas partes con ojos achinados.

– Soy el inspector Juan Rama y este es el subinspector Miguel Sánchez –  me dijo el de la corbata apoyando su espalda en la pared que tenía tras él. Su ayudante se sentó en la única silla que podía ofrecer en mi cuarto de reposo, sin dejar de curiosear con la mirada.

– Nos han dicho que presenciaste todo lo sucedido y que además eres observador e inteligente, simplemente quiero que nos cuentes todo lo que viste y nos digas si puedes saber  dónde ha podido ir tu compañero Agustín – me dijo de un modo pausado mirando fijamente a mis ojos como si tuviese la intención de que no evadiese sus siguientes preguntas. No me dejó que abriese la boca y hablando hacia la puerta dijo en voz más alta – os dejo solos yo tengo que volver a comisaria tengo otros asuntos.

El de los ojos achinados cabeza rapada y cuerpo atlético arrimó la silla hacía el lugar en el que me encontraba, de pie junto a la cama, retrocedí hasta dejar caer mis posaderas en el colchón vestido con la colcha de color verde. La que le permitieron, entre otras cosas, años atrás a mi hermana traerla como descargo de su conciencia por tenerme allí recluido acompañado de mis locuras.

Después de contar al policía todo lo recordaba del secuestro éste me preguntó si sabía de algún sitio en el que pudiese esconderse Agustín y su rehén.

– No tengo ni idea, como ya podrá usted suponer los que estamos algo desquiciados tenemos una mente muy intrincadas, y es difícil de aplicar alguna lógica de cuerdos para estos casos – dije esto y quedé muy satisfecho con mi última intervención lo que provocó que apareciese una leve sonrisa en mi rostro.

– ¿Le hace gracia todo este asunto? – me preguntó con cara de pocos amigos el subinspector, cuando de repente se oyó un leve susurro y un escalofrío nos recorrió por todo el cuerpo a los dos, pude notarlo en su rostro. Se levantó de la silla, con tosquedad, nervioso, mirando a todas partes y abrió con brusquedad la puerta.

Allí estaba Carolina de pie, sonriendo, el policía se sobresaltó asustado, pude ver el brinco de sus hombros, no esperaba la presencia junto a la puerta de la loca de pelos rizados.

 


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