El domingo Telmo nadaba por su río,

mientras los mayores siesteaban.

Decidió cruzar hasta la otra orilla;

apareció la tormenta y su pesadilla,

sus mayores aun en falta no le echaban.

Nada veía, ni a uno ni a otro lado,

la lluvia formaba una cortina espesa,

la inquietud le dominó de pies a cabeza.

Se vio solo, de todos totalmente alejado.

Quiso gritar pidiendo auxilio,

ni una sola palabra asomó de sus labios.

Quiso recordar consejos de los sabios,

y su mente le obsequió con vacíos.

Miró como pudo hacia el cielo,

allí estaba la enfurecida nube,

inmóvil, ni baja ni sube;

se acentuó aun más su canguelo.

La nube como si de ello se percatase,

ordenó a su líquido ejercito

que con más ímpetu le atacase.

Buscó las armas en su interior;

la valentía estaba ya oxidada,

la serenidad parecía del mismo color,

la razón permaneció olvidada.

Por tanto llegó la desolación,

llegó la riada despojándole

de cualquier solución.

Todo su ser a la deriva navegaba,

ya no gritaba ni lloraba,

sentía que su vida allí acababa,

solo saber dónde Dios estaba.

Los mayores aún mantienen la esperanza,

algún día una embarcación le regresará,

a la tierra donde clavó su primera lanza.

Los jóvenes saben que estará allí,

en la isla de las sirenas y unicornios,

reinando por ser justo y humano,

y así se lo cuentan a su pequeño hermano.


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