Estaba tranquilamente sentado frente al televisor, oigo el teléfono… lo cojo al segundo sonido que emite el maldito aparato que me lleva martirizando todo el día, culpa de clientes y sus estúpidos problemas. Es mi buen amigo Marck (Marcos, que le gusta el término anglo).

Me da las malas noticias que yo ya esperaba, Rosa tiene cáncer. Ya da igual dónde y cómo. Los médicos le dan las esperanzas que no despejan su incertidumbre.

Le espera un tortuoso camino de químicos que llenarán su pequeño y frágil cuerpo. La cura que no es más que otro veneno que deja un rastro de vómitos y desgana paulatina, un pañuelo a la cabeza y exceso de maquillaje.

Recuerdo mis días junto a ella en una pequeña casa de campo, no muy lejos de unos grandes acantilados a los que las olas aplaudían sin cesar, festejando su majestuosidad y fortaleza, siempre defendiendo el terreno sobre sus cabezas.

El torreón del siglo XI que servía de ojos para localizar hordas enemigas, al que subíamos para reírnos del viento que chocaba en nuestras pálidas mejillas.

 

No puedo evitar que unas lágrimas resbalen por mi cara sonrojada. Sin pensar agarro mi guitarra y de mis labios salen en voz baja estás palabras, que se componen solas, impulsadas por el dolor que me conduce al desahogo.

Estoy jodido…

Esa palabra maldita.

Cae de repente y me grita.

Despierta tus retorcidas esquinas,

en tu interior, sembradas de espinas.

La impotencia que te paraliza;

las ganas de retorcerle el cuello,

de saltar sobre ella, darle una paliza.

Esa palabra que agarra el resuello

hasta dejarlo en un leve silbido.

 

Hoy debo ser optimista y transmitírtelo…

Las manos que te sostienen

las de todos aquellos que vienen.

Hacen de tu nueva energía,

esa que no mira ni pregunta,

simplemente nace y camina;

y de nuevo brota otra alegría.

Porque sabes que aquí comienza,

surge de nuevo el impulso.

Un regalo de cada nuevo día.

 

Allanará el camino tortuoso,

no te preocupes niña mía.

Hasta el diablo es hermoso

si le pintamos el rostro

con lágrimas de enero,

ya olvidadas en un cenicero

 

Lagrimas que germinan risas

encaminan hacia la iluminada salida,

túnel al que vamos sin prisas,

ese que te deja a veces pérdida,

alma torcida, con la lengua mordida;

pero es natural recorrido ¡mucha VIDA!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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