Pedro Ramírez Matajón, vecino de la localidad de Villa Jaime de la Brasa, muy cerca de la capital, paseaba por el parque de Santa Teresa con su amigo de infancia, Juan Carrasco Merlado. Era un soleado sábado, más parecido a un domingo que a un lunes, y querían rebajar calorías después del copioso desayuno que previamente habían disfrutado en Casa Sancho, el bar de la plaza, regentado aun por el viejo Sancho Agarboso.

– Oye Juan, el otro día me ocurrió algo un tanto extraño. Fui a una visita de rutina al médico para hacerme un chequeo, ya sabes que a nuestra edad es lo que nos recomiendan, pues bien, aquel día no estaba mi médico de cabecera habitual. El doctor que lo sustituía, después de analizar durante un buen rato mi historial por el ordenador, me dijo que debía andar la distancia de diez kilómetros diarios, intercalando ejercicios de salto a la pata coja durante tres minutos, luego, sonriendo me amenazó diciéndome que sino seguía sus recomendaciones, me inocularía (sí, usó esa palabra) un cáncer en mis testículos con un rayo laser especial en fase experimental que estaban utilizando esos días, acto seguido me recetó unos antidepresivos y me mandó para casa. Monté en la furgoneta y me vine para el pueblo pensando en parar a mitad de camino para echar un “meo”, que no lo hacía desde la mañana.

– No lo habrás considerado ni por un instante – le contestó su amigo Juan, cabizbajo mientras paseaba con las manos en su espalda. Pedro mantenía la postura de los brazos en jarra moviendo a izquierda y derecha sus caderas, acompañaba a Juan por el camino central del parque, adornado a ambos extremos por romeros y pinsapos que ese día olían con gran intensidad.

– El caso – continuó hablando – es que me sentí un tanto desconcertado, dudé de su capacidad y profesionalidad, por no mencionarte que unos guantes de látex colgaban de sus orejas, supongo que por algún tipo de descuido. El hecho es, que días antes, leí la noticia de que un demente había escapado del manicomio haciéndose pasar por un doctor con bata blanca y diez bolígrafos en el bolsillo.

Putas y maricones, ahora locos de los cojones ¡qué mundo este Santa Catalina! A dónde vamos a parar ¡qué “releches” y “sostias” amigo! – Le espetó Juan mirando hacia abajo mientras se arremangaba el pantalón negro de pana que solía usar los domingos que parecían martes.

Mira sabes lo que te digo, que ya no te cuento nada más so palurdo cabrón – le dijo muy enfadado Pedro, y se marchó a toda prisa por un caminito que conducía hasta la ermita.

Pero yo que he dicho ahora, so puto majadero – le voceaba Juan viendo como su amigo caminaba alejándose, moviendo su trasero como un culo loco. Ese día por error se puso un pantalón de tela marrón claro de Engracia, su mujer.

 


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