– Hemos estado a punto de ser descubierto, llegamos tarde. Dimos con ella cuando la trasladaron, la estuvimos vigilando durante muchas horas, abajo en la puerta del edificio de su casa. Seguimos su traslado a la casa de los de Sección 4. Buscábamos la manera de entrar sin ser descubiertos para intentar recuperarla, pero en estas estábamos cuando han llegado los del gobierno con toda su artillería y hemos tenido que salir echando hostias, druida.

Un joven encapuchado en una pequeña calle sin salida, no muy lejos de la casa donde tenían hospedada a Yolanda Blázquez, habla con cautela, tras unos contenedores de basura sujeta un pequeño teléfono móvil.

 

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– ¿Otra taza de té amigo Jerónimo? Últimamente siento poco afecto por parte de las personas que me rodean en el diario acontecer. Le doy las gracias por estos momentos que dedica a escucharme, sé que es hombre con responsabilidades y está ocupado.

–  No se preocupe también tengo mis momentos de descanso, el convenio de trabajo lo recoge – le contesta Jerónimo mientras coge la taza que contiene el té que le acaba de preparar Hugo.

– De un tiempo a esta parte ya no veo a más pacientes como antes solía en mis paseos por la zona ajardinada – continúa Hugo dirigiéndose a Jerónimo.

– Sí es cierto, unos por curación y otros que por desgracia han fallecido han dejado esto sin más pacientes que usted, pero según me dicen mis superiores en breve habrá más ingresos – le contesta, saliendo del paso, Jerónimo.

– Me preguntó por Yolanda el otro día. Yolanda Blázquez, la mujer más bella y cautivadora de todas las que conocí. Salvó mi vida una noche de fatalidad… pero luego me la arrebató.

– ¿Cómo que se la arrebató? Yo le veo aquí sentado muy vivo – le dice un sonriente Jerónimo.

– Hay muchas maneras de que a uno le quiten las ganas, la llama del espíritu, y lo dejen lo más parecido a un ser inerte, como muerto que vaga por sombras, periodos de oscuridad que se alternan con otros espacios en el tiempo de calor sofocante, propios de un infierno al que te ves abocado sin remedio.

Jerónimo apenas entendía el significado de las palabras que acababa de escuchar por boca del único huésped de la casa de curas.

– Señor Reismen no entiendo a dónde quiere ir aparar, si se explicase usted algo más…

Hugo permanece en silencio, bebe de su taza lentamente mientras observa el suelo con el rostro serio, y una lágrima se desliza por su mejilla.

 

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La plataforma baja hasta una sala muy oscura, Yolanda está muy asustada. En el momento que toca suelo la plataforma elevadora se detiene; al poco tiempo oye una voz de mujer que se acerca.

La desconocida la conduce por un pasadizo secreto, construido en el sótano con salida a la calle por la parte trasera de la casa. Un vehículo todoterreno les espera. El protocolo de huida que tenían preparado para estas circunstancias había sido activado.

 

 

Yolanda es introducida a toda prisa en el interior de la parte trasera del vehículo. Un hombre con chaqueta negra y gafas de pasta gruesa está al volante, mira por el espejo retrovisor asegurándose de que su pasajera está perfectamente acomodada en los asientos traseros. Salen a toda prisa circulando por la estrecha calle, coches aparcados a ambos lados dificultan el tránsito.

Al final de la calle que desemboca en la Avenida Perú, un hombre les apunta con un arma. Yolanda esperaba que su conductor frenase, pero en lugar de eso aceleró y atropelló al armado, haciendo que volase por los aires. Yolanda grita frenéticamente al ver sangre en el parabrisas.

– Agárrese a lo que pueda nos siguen –  le dice serio, con voz grave y extrañamente pausada el hombre, en esos instantes de frenesí, de cuyas manos depende su libertad y su vida.

Yolanda gira como una posesa su cuello para ver por el cristal trasero el vehículo oscuro que se acerca a toda velocidad.

El vehículo que les persigue acaba por dar un golpe en la parte trasera,  Yolanda sufre el lógico movimiento brusco hacia adelante, producto de la inercia que frena en seco el cinturón de seguridad. Grita aterrada.

Después de ser perseguidos a toda velocidad por distintas avenidas de la ciudad consiguen despistar al vehículo que les seguía, al girar con rapidez hacia la derecha por una de las estrechas calles que van dirección norte. Los numerosos vehículos que sortearon a toda velocidad dificultaron la visibilidad de sus perseguidores.

– Tranquilícese señorita ya estamos a salvo, la voy a conducir hasta un lugar seguro –  le dice el desconocido conductor mientras mira por el espejo retrovisor.

El coche se detiene a causa de un semáforo en rojo, Yolanda nota que sus pulsaciones vuelven a la normalidad.

De repente la puerta trasera se abre con brusquedad y una mano atrapa a Yolanda por su brazo izquierdo y la hace bajar del coche. Gira su cabeza buscando ayuda y ve como al conductor lo está apuntando un encapuchado, al que no puede ver el rostro, con una pistola de gran tamaño con silenciador.

 

 

Su corazón está de nuevo a mil revoluciones, intenta gritar pero no le sale nada, su voz ha quedado silenciada y tan solo un rio de lágrimas es lo único que puede expulsar hacia afuera. Otro encapuchado con sudadera negra, al que tampoco puede ver el rostro por llevar un pañuelo que le tapa prácticamente todo el rostro, la tiene prisionera, la sujeta con fuerza por los brazos inmovilizándola.

 

 

 


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