CAPÍTULO 11

 

-El imán Rasul Akra está en la cárcel de Zaragoza actualmente, aquí tenemos varios correos de nuestro “amigo” en los que hablan de sus planes señor comisario – le mostraba Garmendía a su superior. Sentados frente a él, la oficial y el inspector Márquez en el despacho del comisario Castejón, le señalaba los datos más relevantes que habían conseguido hasta el momento, gracias al portátil que encontraron en la vivienda del joven que se dio a la fuga.

Todos los policías de la cuidad tenían órdenes para apresarlo de urgencia.

-Hemos encontrado planos, croquis detallados, el día y la hora en la que pensaban cometer la carnicería, es de locos – intervino Márquez mostrándole al comisario los documentos que habían impreso.

-Supongo que ese tal Rasul será el padre ideológico de toda esta trama – dijo muy serio el comisario, mientras hojeaba más información que le habían facilitado.

-Por lo que hemos podido averiguar, leyendo muchos de los correos que mantenían con nuestro desaparecido, es el que ha ido radicalizando a todos estos jóvenes, aunque estos mensajes estaban en clave. Suponemos que mantenía un fuerte vínculo con el dueño del ordenador, y éste, a su vez, fue introduciendo a los jóvenes se encontraron muertos en el aula de la Universidad. Aquí aparecen sus nombres – le decía Lidia señalando uno de los papeles que tenía encima de la mesa del comisario.

-Que serían los encargados de llevar las mochilas bombas a la Plaza Mayor, para dejarlas escondidas estratégicamente a la hora de mayor concurrencia para hacerlas estallar, y causar el mayor número de muertos posibles – añadió Márquez a la exposición que acababa de hacer su oficial.

-Los expertos siguen investigando, e intentan descifrar todos los mensajes y todos los archivos que el ordenador portátil contiene. Debemos saber si hay más detalles del operativo y si hay más gente involucrada en estos planes – continuó diciendo Lidia a su superior.

El silencio se hizo en el despacho del comisario. Castejón se levantó de su asiento aflojándose el nudo de su corbata, se dio media vuelta, y tomó de nuevo la palabra, mirando por la ventana de su despacho, que mostraba las traseras de la comisaria de policía en la que llevaba trabajando más de diez años.

-En resumidas cuentas, tenemos un sospechoso de formar una célula terrorista en nuestra ciudad, a las órdenes de un peligroso imán que está encerrado, y no sabemos cómo le enviaba mensajes al fugado. Contamos con tres jóvenes muertos sin saber la causa, que los habían radicalizado y reclutado para ser los ejecutores de un diabólico plan. La extraña muerte de estos chicos nos ha salvado de un atroz crimen, que de haber sucedido habría sido la mayor masacre que nunca antes se habría cometido en esta ciudad desde la guerra.

-Bendito sea el Señor y todos los santos – exclamó acariciando su frente y mirando al suelo, para a continuación sentarse de nuevo en su sillón resoplando.

Leandro salió al atardecer, se dirigió hacia un pequeño comercio de barrio para hacer unas compras para la cena, tenía antojo de tortilla y decidió ir a comprar huevos entre otras cosas.

Al regresar a su casa, caminaba distraído por las callejuelas iluminadas por pequeñas luces navideñas, el frio que las recorría le hacía llevar bien ajustada la gorra de cuadros y su bufanda, la cual se subió para taparse la cara al sentir una ráfaga de frio viento que le causó escalofríos.

Ya casi estaba en el portal de su edificio cuando de repente alguien se le acercó por detrás, con gran rapidez lo sujetó de los brazos lo que hizo caer al suelo la bolsa con las cosas que acababa de comprar, y los huevos que se rompieron casi todos. Le intentó tapar la boca con un trapo húmedo.

-¡Ese olor lo reconozco, noooo! – vociferó Leandro.

Justo acabó de gritar, intentó sin conseguirlo, liberarse de su desconocido agresor, al que no podía ver su cara debido a la oscuridad y al sombrero que llevaba. La suerte hizo que resbalase a causa de los huevos rotos en el suelo que pisaba. Fue lo suficiente para dejar de sujetar al profesor.

Leandro pudo así zafarse de las manos de su asaltante y pudo apartarse unos metros de él. A continuación salió corriendo calle arriba, en dirección a la transversal que le conducía hacía la vieja Universidad en la que daba sus clases, el hombre del abrigo oscuro y sombrero lo perseguía, corría tras él.

Leandro, que no estaba acostumbrado a esos esfuerzos notaba que se asfixiaba, oía los pasos de su perseguidor cada vez más cerca. Entró en pánico lo que le dificultaba aun más su marcha.

Notó un fuerte tirón que le hizo tambalearse, su perseguidor pudo agarrarlo del cuello del abrigo. Cuando Leandro se temía lo peor, oyó un fuerte golpe a su espalda. Permaneció inmóvil sin querer ver lo que ocurría, estaba completamente aterrado.

Otra persona atacó a su agresor, en un rápido movimiento lo dejó en el suelo inconsciente.

-Venga conmigo no tema, le pondremos a salvo – oyó una voz que le hizo salir de su estado de pánico, que le tenía petrificado bajo la luz de una vieja farola.

El sacerdote de amplio sobrero y larga sotana lo condujo con rapidez hacia un coche negro, que estaba esperándoles calle arriba, se introdujeron en el vehículo y salieron a toda velocidad.

-No se preocupe por Mara estará bien – escuchó por voz del ocupante del asiento delantero, junto al conductor, una vez estuvo acomodado en el interior del oscuro y amplio vehículo de cristales tintados.

-“Y ahora me secuestra esta gente, por todos los demonios en que lio me he metido” – pensaba sin saber hacia dónde lo llevaban.

 


No hay comentarios hasta ahora.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada. El campo del sitio web es opcional.

COMENTARIOCOMENTARIO
Tu NombreTu Nombre
EmailEmail
WEBSITEWEBSITE