FILOSOFIA Y CIENCIA
Relatos Cortos / 3 octubre, 2018 / Mario GrageraEn la robusta puerta de bien labrada madera, con casi toda probabilidad, algún alumno para hacerse el gracioso había puesto una nota pinchada con una punta que decía:
Octubre, clase de Filosofía de la Anemia Gorda, Facultad de Filosofía y Ciencias de la Ontología en Escabeche de Salamanca, a los adentros… No mucho.
El profesor Don Leandro García Marquina comienza su clase de lunes por la mañana.
El aula es pequeña, no muy luminosa. Son pocos alumnos los matriculados en su clase.
– Queridos míos, antes de comenzar con nuestra labor docente en materia de hoy, por esta vez he de ponerme serio con otros temas por interés de todos. Ante la serie de acontecimientos que acontecen y no dejan de acontecer.
– Ante tanta falacia, mentira y falsedad documental de políticos, empresarios, lameluzos, farsantes e hijos de las mil zopencas. Pido disculpas por lo de políticos, ya sé que es una palabra malsonante a estas horas y a otras también. No era la primera vez que Don Leandro hacía gala de su particular sentido del humor.
– Como les cuento, sirva esto, y les comento: No es verdad, ni es menos mentira, que ustedes perciben, en estos tiempos que corren, de tanto internet sobre información por saturación. Un mundo cada vez más manejado por las élites que amasan cada vez más poder, fortunas a cambio de desventuras. Lo que a ustedes los dejan en una posición cada vez más difícil, en cuanto a libertades y oportunidades se refiere.
Alza la mano Manolo Rollo Cabrerizo. Alumno de familia humilde, venido del pueblo de Santa Mar de la Rubia.
– Sí, dígame usted Don Manuel – le señala mientras esto le dice al joven alumno su profesor.
. ¿Puede repetir? Es que no me he “enterao” de “na” señor “porfesó”, pa cógele a usted bien los apuntes ¿esto entra en el examen?
– Hágame usted el favor mozalbete de amplios y sonrojados carrillos de marchar al bar de la facultad, pídase un café bien cargado, que le despierte sus jóvenes y adormiladas neuronas, acompáñelo de una bolla perrunilla, y piense usted en los valores e inquietudes del conejo del Bierzo. Así transcurra la hora de mi clase y me ahorre el desperdicio de tiempo a su enseñanza.
Manolo, durante unos instantes, permaneció con cara de: ¿Me lo dice a mí? Ojos muy abiertos y labios muy cerrados. Los compañeros a ambos lados de su asiento le dijeron que se marchase de clase, y así lo hizo el orondo Manolo.
– Bien prosigo con mi argumentación señoritas y señores de mi alumnado. Como les iba diciendo, parafraseando la canción del conocido grupo musical un Pingüino en mi Ascensor que decía aquello de…Bien, no lo recuerdo, a veces la memoria me juega malas pasadas, espero ustedes me perdonen.
– Queridos alumnos entremos en materia, hoy vamos a recordar la mayéutica de Sócrates. Es por esto que les decía que deben ustedes preguntarse constantemente, y nunca dar por hecho las ideas que los otros nos quieren vender. Las élites del poder, queridos alumnos. Por cada afirmación que nos intenten envainar, debemos replicarles con una pregunta. De este modo podremos comprobar la veracidad de sus afirmaciones, o simplemente llegaremos, más o menos, de manera sencilla a la conclusión de que la argumentación no se sostiene.
Transcurrida otra media hora de disertación oral por parte del concienzudo profesor, dio por terminada su clase del día con un generoso regalo:
– Abran el libro de bolsillo de Sócrates, que me he tomado la molestia de dejarles en sus pupitres, vayan a la página 23. Lean en silencio y con la debida atención, durante estos diez minutos que quedan para dar por finalizada la clase de hoy.
Pasados diez minutos justos, el señor Leandro avisó de que podían marchar a la siguiente clase que estaba en el aula contigua, donde se reunían con otro grupo para aprovechar dependencias.
Todos abandonaron el pequeño auditorio, excepto tres alumnos, que estaban aparentemente dormidos postrados en sus mesas.
El profesor dio la voz de alarma al comprobar que no se movían, estaban muertos.
Continuará…
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