En los tiempos de estudiante, hace muchos años ya, cuando decidía volver a Almendralejo prefería coger el último autobús del horario. Solía ir con pocos viajeros y normalmente encontraba libre los últimos asientos, donde podía acomodarme tumbado. Cuando el autobús emprendía viaje apagaba sus luces y el conductor solía buscar frecuencia musical en la radio. De esta manera el trayecto parecía más corto. En la oscuridad de la noche escuchaba buenas canciones que invitaban a sueños que buscaban atajos en el tiempo.

Aquella noche llegué a casa cuando todos dormían. Sin hacer ruido dejé mi macuto en la habitación y probé un poco de queso que saqué del frigorífico, encontré algo de pan para acompañarlo, no había cenado y las tripas me sonaban como si tuviese un viejo acordeón hueco en mi interior. Me encaminé hasta el salón para dar buena cuenta del curado queso que tan bien olía.

Me senté junto a la mesa camilla en el salón y junto a ella apareció ante mis ojos una pequeña mesa auxiliar, no le había visto antes, en su estantería inferior había una oscura caja metálica que guardaba viejas fotografías en blanco y negro.

Vi la foto de mi abuela Lola. Aparecía muy joven acompañada de unas amigas, con esos trajes de faldas por las rodillas, tacones, y raros peinados de ondas infinitas.

Época en la que vivía cerca de Tolouse. Mi abuelo, su marido, acusado de rojo tuvo que emigrar y buscar otro porvenir en tierras francesas. Mi abuela trabajó duramente en tareas de todo tipo, cosiendo, en el campo o ayudando a mi abuelo a preparar sus clases, era maestro de los de antes: disciplina a caponazos y palmeta.

En mayo de 1940 las tropas nazis invadieron el norte de Francia. No sin dificultades pudieron escapar de tan terrible escenario que supuso la convivencia con los alemanes.

Se trasladaron a Madrid en casa de unos primos que pudieron hacerles sitio, y mi abuelo pudo dar clases particulares para ir ganándose unas pesetas con las que ir tirando para ayudar a sus primos con los gastos corrientes.

Poco tiempo después mi abuela fue acusada de la muerte de una adinerada viuda hija de terrateniente y bodeguero riojano. Pasó muchos años en la cárcel de mujeres de Ventas. Mi familia nunca me quiso hablar de todo aquello fue tema tabú. Alguna vez si se me ocurría preguntar debido a que había escuchado hablar del turbio asunto a algún conocido la callada por respuesta y cambio de tema.

Mi abuela cuenta hoy 95 años, pero parece tener muchos menos, es increíble la vitalidad que muestra y la energía que trasmite. Una fortaleza digna de estudio.

La llevamos al teatro Carolina Coronado, vestida con sus mejores galas le acompañamos toda la familia para asistir a una obra de teatro: “El manto de las guerreras” un repaso por la historia de mujeres que rompieron barreras.

Nos acomodaron en los primeros asientos del interior del teatro delante del escenario, cortesía de mis amigos de la asociación Ilustres de Almendralejo.

Mi abuela me preguntaba por mucha gente a la que no conocía, su memoria la mantenía igual que si tuviese los cuarenta.

– No te preocupes abuela deben ser de otros pueblos a los que también les gusta el teatro – le decía al oído entre el bullicio de los asistentes que se iban sentando en sus correspondientes butacas.

Sentado a su lado ella de vez en cuando me cogía la mano, emocionada con las actuaciones de las actrices que daban vida a esas heroínas.

Cuando cayó el telón todo el mundo se levantó a aplaudir, mi abuela en pie era de las más fervorosas en los aplausos.

Lo extraño era que pasaron más de diez minutos y todo el público seguía aplaudiendo. Todos los allí asistentes, incluido los actores que salieron a saludar como es la costumbre sobre el escenario miraban hacía mi abuela. Ella se percató y saludaba haciendo gestos con la cabeza sin entender qué ocurría.

Pude averiguar por los amigos de la asociación la verdadera historia que nunca quisieron contarme por ser demasiado desagradable para mis padres, principalmente los años que vivió en prisión, las malas condiciones de vida que tuvo que soportar los años que permaneció en la cárcel deterioraron mucho su salud. Mi abuela en Tolouse y luego desde Madrid ayudó a más de ochenta niñas judías a escapar de tierras francesas ocupadas y así evitar ser llevadas a campos de concentración nazis, probablemente les salvó la vida a muchas de ellas.

Nunca quedó claro si la mujer que murió fue a manos de mi abuela o se trató de un homicidio accidental. Aquella adinerada luego se supo, al encontrar todo tipo de documentación, que colaboraba estrechamente con la Gestapo, y estaba a punto de delatarlos justo cuando, ayudada por unas monjas del monasterio de Tolouse y amigos de la resistencia, intentaba que muchas de esas niñas viajasen de manera segura hacia la zona libre.

Conseguimos que viniesen al teatro un gran número de aquellas niñas, hoy mujeres acompañadas de sus maridos e hijos. Muchos gritaban en francés muy felices aplaudiendo cada vez más.

A mi abuela le hicieron entrega de una bandeja de plata.

– Muchas gracias en nombre de todas estas personas, muchas de ellas no estarían aquí sin su valiente determinación que puso en juego su vida y la de su familia – le dijo un sonriente Antonio Díaz, presidente de la asociación Ilustres de Almendralejo,  al hacerle entrega del galardón tan merecido, que por fin hacía de reconocimiento a su persona y su valentía, después de tantos años de oscuridad por tratarse de tan delicado asunto en los años de la dictadura y los posteriores, en los que se prefería taparlo con montones de tierra de olvido

Todos estábamos muy emocionados y mi abuela Lola no paraba de llorar mientras se iba abrazando a todas aquellas personas venidas desde el país vecino para agradecerle personalmente lo que hizo por ellos.


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