Permanezco mirando al techo ignoro todo lo que me rodea.

El zumbido de una abeja entra en mi cabeza estoy en un estado de adormilamiento.

Me levanté de un respingo y algo enojado, lo seguía escuchando de nuevo, no era producto de mi distorsionado imaginario alojado en mi quebrada mente.

Di vueltas y vueltas por la habitación me agaché para mirar debajo de la cama, debajo de la silla y de la mesilla. Al levantarme me golpeé en la cabeza con una estantería, juro en arameo mientras me acerqué hasta el armario, abrí y escuché con claridad el zumbido escondido.

– ¡ De dónde sale este jodido ruido que ya me está cabreando rehostias ! – me digo en voz baja.

Miro bajo la ropa abajo mal colocada, entre perchas que paso una tras otra de un lado a otro. En el fondo sujeto a la madera con cinta adhesiva está un teléfono móvil pequeño, parece de esos modelos antiguos con pantalla pequeña y teclado. Justo lo intento despegar de la madera del fondo del armario deja de vibrar.

Aparece un número de teléfono reflejado en la pantalla. Busqué en la agenda y no hallé ninguno más, era un teléfono muy simple de manejar y pequeño.

Me senté en la cama con el teléfono en la mano sin saber que hacer. La curiosidad movía mis dedos por encima de las teclas con intención de llamar al número al número que aparecía en la pantalla, pero por otra parte una sensación de temor me hacía pensar lo contrario.

– ¿Por qué me habrán escondido en el armario este teléfono? ¿Quién? – me preguntaba una y otra vez. – ¿Quién está al otro lado de la línea y que querrá?

Escondí el pequeño aparato negro debajo del colchón, no se me ocurrió otro lugar mejor para atenuar el sonido y nadie lo encontrase. Pensé en otra próxima llamada estando yo ausente. No supe como quitar la vibración para hacerlo callar.

Me tumbé de nuevo en la cama a pensar mientras contemplaba las extrañas manchas del techo. El girar de todos los pensamientos dentro de mi cabeza, mis estúpidas hipótesis que no respondían a las preguntas me condujeron al sueño.

A la mañana siguiente hago siete flexiones en el suelo y nueve abdominales – “insanus animus in corpore corrupto” – pensé al intentar mantenerme en buen estado físico.

Bajé a disfrutar del café de la mañana y las pastillas que me esperaban, de nuevo aparecían pensamientos que me conducían a intrincados laberintos. El teléfono, ese único número que aparecía en la agenda. Alguien quería comunicarse conmigo por alguna extraña razón que no llegaba a comprender.

El comedor poblado de majaras que me observan mientras me acerco a alguna mesa en la que poder continuar con mi necesidad de tranquilidad, con mis acertados o mal encauzados pensamientos. La tentación de marcar el número que aparecía en el pequeño teléfono móvil era cada vez mayor, una de las cuatro ideas que rondaban por mi cabeza despejadas otras dudas divididas por miedos.

Sonia me miraba sonriente mi paso distraído mientras troceaba una hoja de geranio sobre la mesa.

Sentada al otro extremo Carolina canturreaba una canción y movía lentamente su cuerpo con la mirada fija en punto que solo ella debía conocer, parecía que acunaba a un bebé.

Sentado en una de las mesas del fondo junto a la fría pared, miré al exterior a través de la gran ventana del salón comedor, con la intención de perder la mirada apremiado por la necesidad de introducirme en un túnel hacia mis recuerdos. Comienzo a recordar años atrás cuando vivía en Salamanca, después de dejar la carrera de derecho e intentar convencer, sin éxito, a mis padres para que me siguiesen financiando otros estudios… los de Filología. Entre tanto la vida de crápula descerebrado que me condujo a innumerables episodios de caos, alcohol, drogas, despertares en lupanares, vida de lo más insana. No escarmenté, y lo que más me sigue doliendo es la herida abierta que continúa en el interior de mi corazón deformado por el odio hacia el mundo que me rodeó, mi familia y sus execrables de decisiones que me condujeron a este asqueroso lugar y perder a Natalia. Todavía me atormentaba

El recuerdo de sus oscuros brillantes y profundos ojos oscuros, su pelo corto moreno que dejaba ver sus habituales pendientes, aros de plata que bailaban con el gracioso movimiento de cabeza cuando me hablaba, me sonreía o me besaba.

Médicos, sicólogos, siquiatras, pastillas… alcohol a escondidas…Años de laberintos mentales.

Las rutinas del día, nuestras estúpidas actividades me apartaron de seguir martirizando mi poca animosidad con más pensamientos desagradables de mi pasado.

Con trabajo y demasiada argumentación convencí a los cuidadores para que me permitiesen volver a mi habitación sin pasar por la cena.

Sentado en mi cama resoplé cansado, en ese momento noté la vibración del teléfono móvil escondido.

Lo busqué metiendo mi cuerpo por debajo del colchón, lo atrapé y vi el número que parpadea en la pantalla.

– ¿Sí?

– Buenas noches, por fin nos conocemos Señor Don Alejandro Del Río – Escuché una voz con acento gallego…

 

 

 

 

 

 


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