Las nueve de la mañana en punto, por “suerte” para él apenas había gente en la sucursal 8635 de la caja de ahorros Monte Virgen.

Vestido con vaqueros desteñidos, sudadera negra, gorra azul, gafas oscuras y mascarilla negra que tapa el resto de su cara, culpa de la situación, la pandemia que sufre a diario toda la población.

Lleva en sus manos un periódico bastante arrugado. Manos nerviosas que lo agarran con fuerza, ya solo queda una persona que acaba con sus gestiones, le llega su turno en ventanilla, comienza a sudar por su frente, detalle que la amable empleada de la sucursal bancaria no pudo apreciar.

Aquel hombre de estatura normal, de figura algo encorvada y grandes manos que sujetan un periódico, lo coloca sobre la parte de mostrador que le permite el cristal de seguridad.

– ¿En qué puedo ayudarle caballero? – Le dice la sonriente cajera.

– Sé que hoy tienen todo el dinero de muchos bodegueros por la venta de sus caldos, sino me fallan las cuentas debe haber más de un millón de euros.

El rostro risueño de la empleada cambia, abre sus ojos, extrañada no esperaba esa contestación.

Puede ver un movimiento en el mostrador, debajo del periódico asoma lentamente un cilindro negro metálico.

– No se asuste y actúe con normalidad, sí eso que ve es el silenciador de mi Beretta 9 milímetros, es tan silenciosa como el soplido de un bebé.

 

 

En ese momento la que realmente sudaba por las sienes era la empleada de banca que intentaba localizar con la mirada a alguien que la pudiese sacar de aquel atolladero, pero no había nadie. Es curioso como un simple papel colocado en la puerta para que sea visto por los usuarios en el que está escrito cerrado por mantenimiento, consiga que nadie entre en la sucursal bancaria estando la puerta de cristal abierta, y tan solo basta con empujar para poder acceder al interior de la oficina de la caja.

La encargada de atender la caja comprendió, ante la peliaguda situación, que debía mantener la calma y no dejar que el pánico se apoderase irremediablemente de ella. En sus 43 años no había experimentado tal nivel de pavor que debía controlar por miedo a poner en riesgo su vida, sus dedos temblorosos sujetaban unos papeles que terminó arrugando con fuerza como baldío intento de calmarse.

– Sé que el dinero está en sacas guardadas en la caja fuerte, esa que se esconde tras la pared justo detrás de usted buena señora, necesito que vaya allí y me las traiga con la máxima normalidad de la que disponga, tranquilícese y todo saldrá bien y podrá continuar con su vida, así hoy verá de nuevo a sus hijos y podrá abrazarlos –  le dice en voz baja el individuo enmascarado de gafas oscuras, que reflejan el asustado rostro de una empleada de banca atemorizada y muy nerviosa, con ganas de llorar y gritar, a la que le tiemblan las piernas cuando intenta levantarse de su asiento. Al comprobar que sus nerviosas piernas no le sostienen, vuelve a sentarse y resopla en un intento de tranquilizar y relajar sus músculos.

Justo en ese momento ve como de nuevo asoma debajo del periódico el cañón de la pistola que no deja de apuntar a su pecho apenas a unos treinta centímetros. Aterrada, por un instante, piensa que esa pistola se va a disparar y su vida acabaría allí mismo.

Marcos, el director de la sucursal bancaria, estaba de reunión en la central como todos los lunes.

Inés, la cajera de banca, que ya contaba con cuatro años en ese puesto, en una pequeña oficina no muy lejos de su vivienda, lo que le permitía poder estar más tiempo con su familia. Entre otros pensamientos que circulaban a toda velocidad por la mente, pensaba en sus dos hijos de siete y doce años, que en ese momento estarían ya sentados en sus pupitres, uno en clase de matemáticas y otra, la pequeña, en clase de geografía. Recordó a su exmarido que vivía a más de cien kilómetros desde que se volvió a casar con la boba de Julia, a la que conoció en el banco recién ocupó su primer puesto de trabajo en la entidad.

Qué haría él en esta situación – pensó durante unos instantes mientras caminaba hacia la caja fuerte, donde guardaban las dos sacas con dinero que media hora antes los de la empresa de seguridad habían dejado. Solían seguir este procedimiento por tener la oficina bancaria una caja fuerte más moderna y segura que las de otras sucursales de la zona. Pero cómo sabía el ladrón este proceder. Inés en circunstancias normales sabría que llegaría una cantidad importante de dinero tan solo con una antelación de media hora más o menos.

Abrió la caja fuerte y primero sacó una de las dos sacas repletas de billetes, abrió la puerta lateral de su habitáculo acristalado y puso con cuidado la saca junto al individuo armado, que seguía apoyado en el mostrador con la vista al frente. Pudo contemplar como giraba su arma lentamente y la apuntaba de nuevo.

– Voy por la otra saca – le dice al atracador en voz baja, temblorosa. Sus piernas continúan temblando como el resto de su cuerpo y vuelve la interior del espacio – oficina en el que todos los días pasaba muchas horas, trabajando con la normal rutina hasta llegado este término, situación que nunca pudo imaginar.

Muy nerviosa saca la otra saca que contiene el dinero, debido al pavor que no abandona su frágil cuerpo y le produce mil temblores que le recorren todo su ser, tropieza y cae de rodillas, una inevitable exclamación sale de su garganta, cierra la boca de inmediato, pero el hombre de sudadera negra, gafas y mascarilla oscura se gira con violencia y le punta con el arma a la cabeza.

Inés completamente aterrada se lanza al suelo con las manos en su cabeza.

– Por favor no me dispare…se lo suplico – le dice entre sollozos.

El atracador le ayuda a levantarse mientras mira hacia la puerta, comprueba que nadie ha entrado ni ha podido ver lo sucedido.

El extraño ladrón coge las dos sacas y con aparente tranquilidad se las cuelga al hombro, sale de la sucursal bancaria en dirección a un vehículo aparcado justo en frente de la oficina de la caja que acaba de desvalijar.

 

 


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