Capítulo 2

 

No necesitó al despertador esa mañana, abrió sus ojos unos minutos antes de que el viejo, redondo y algo oxidado reloj en su mesilla de noche sonara. Miró al techo, transcurridos veintitrés minutos, que contó mentalmente, decidió salir de la cama, se equivocó de lado y aplastó su nariz contra la fría pared.

Su cama estaba junto a lo que ella llamaba el cuarto muro, frente a la ventana de madera y viejos cristales pequeños, cuadrados de poca transparencia.

Se colocó al revés su vieja bata de guata gastada por los codos. Cojeaba al no encontrar una de las zapatillas que estaba debajo de la cama, abrió la ventana. Los rayos del sol que la mañana le trajo hacían brillar el rocío, y gotas en los pétalos de todas las flores parecían pequeñas perlas, eso es lo que pensaba, mientras la fragancia que entró en la habitación, pintada de azul, la podía apreciar al respirar con fuerza, sonriendo como una niña despreocupada.

Seguía orgullosa del jardín, antesala de su hogar, que tantas horas le robaban el esmero y cuidado que necesitan esos colores frente a sus ojos.

 

– Buenos días doña Jaci – así la conocían los lugareños; y así la saludó esa mañana su vecina, al abrir la ventana para airear la habitación y asomar su cara, por la ventana, de la casa contigua.

Jacinta Barbilla Pérez, mujer algo oronda, de cara redonda, finas manos y pies pequeños. Andaba como dando saltos, contoneando la cadera de manera graciosa. Rondaba la sesentena, pero aparentaba la cincuentena. Recogía su pelo tintado en un moño redondo.

– Buenos días Eladia, se levantó la fresca hoy, habrá que abrigarse –  le contestó sonriendo, con esa amabilidad propia de todos los días. Los lugareños en buena estima la tienen, más sabiendo que quedó sola cuando su marido desapareció años atrás y nadie sabe su lugar. El pensamiento popular lo consideraba un mal bicho: borrachín y busca líos. Muchos piensan: “Mejor así, que con ese mal hombre”.

Jacinta, como todos los martes se arregló y repintó su rostro, para ir al mercado por verduras, legumbres y fruta del día.

Justo pasa por delante del pescadero y su mujer, se detiene un momento a ver el pescado fresco, pero recuerda que no podía olvidar las legumbres que le encargó la semana anterior al bueno de Damián. Se gira y da media vuelta haciendo gestos con la mano a Encarna la pescadera.

– Luego vendrá – le dice Encarna a Pedro su marido mirando el gracioso paso de Jacinta.

– Parece que se le ve más feliz- comenta Pedro mirando a su mujer mientras recoloca las sardinas.

– Lo último que me dijeron: que el sinvergüenza de su marido se marchó para las Americas, en busca de pelandrusca que conoció por extraña correspondencia.

– Es una buena mujer mejor así.

– Sí, Pedro, sí. Deja ya de menear el pescado, que los vas a marear tanto que perderán los ojos.

 

xxxxxx

 

– ¿Se sabe ya la causa y hora de la muerte del pobre desgraciado? – Pregunta Fermín Recio el teniente de la Guardia Civil al cabo Gutiérrez.

– No señor, todavía estamos a la espera del informe del forense.

 

Continuará….

 

 


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