Pude escabullirme de la peliaguda situación a la que mi incontrolable curiosidad me había conducido. Por suerte pasaron de largo y estuvieron bastante tiempo en la habitación de la joven extraña hablando con ella. En esta ocasión no arrimé la oreja a la puerta, el miedo me hizo retroceder hasta lugar seguro.

No sabía qué hora debía ser, a buen seguro me estarían buscando porque no habría acudido a alguna de las actividades programadas para el día. Necesitaba una buena excusa.

Sentado en mi cama y mirando por la ventana esperaba que alguien viniese a regañarme y llevarme al taller de turno para cualquier gilipollez de trabajos manuales – “¿o tocaba gimnasia para anquilosados?” – pensé mientras contemplaba el vuelo de los estorninos.

No recordaba haberme despojado de los pantalones a cuadros y el frío entre las piernas me hizo salir del estado mental perdido entre los vuelos de los pájaros en el que me encontraba.

Llamaron a la puerta y me hizo temer lo peor, en lugar de una reprimenda vi una sonrisa la de Aurora que venía a preguntarme si me encontraba enfermo al no verme con los demás.

– Mi querida Aurora que placer volver a verla, pensé que la tenían retenida en el cuartelillo – le dije sonriente, me alegré de verla.

– Tan solo querían hacerme unas preguntas, pensaban que yo podría saber algo, porque alguien les debió haber dicho que tenía un contacto más estrecho con Agustín – me dijo algo más seria.

– Bueno me alegro que todo quedase en un simple malentendido y esté de vuelta a su normalidad – le contesté.

– Ande, ande, vístase y baje con los demás antes de que vengan a buscarlo – sonrió y salió de la habitación con algo de prisa.

Lo que sí era de lo más evidente: la mía anormalidad. Ya no recordaba mi ausencia de pantalones, lo que mostraba mis ridículos calzoncillos de algodón desgastado color blanco deslucido.

Me molesté en vestir con algo más de decoro y bajar para ver que fantástica tarea me esperaba para realizar con el resto de desviados mentales.

Mientras bajaba por las escaleras no me quitaba de la cabeza a la joven misteriosa, allí oculta, no sé sí encerrada y vigilada, en la parte desconocida de la gran casona de locos.

No debía ser una chica normal, eso estaba claro, de lo contrario no estaría con medicación y viviendo en este lugar. Y el comisario y su ayudante de malas pulgas interesado en hablar con ella. Ya hablaron con todos solo faltaba ella…

De nuevo mi desorbitada curiosidad que giraba a gran velocidad por mi cabeza hacía que no dejase de hacerme preguntas sin respuestas al mismo tiempo que giraba pelos de mi bigote.

– Alejandro, te están buscando, deberías ir al taller de trabajos –  me encontré con Ángeles que empujaba un carro con ropa sucia.

Sin pensarlo me introduje en el carro y me cubrí con ropa maloliente, le susurré a la buena mujer encargada de limpiar nuestras mugres que me llevase hasta la puerta del taller para evitar otra reprimenda sin tener excusas a las que echar mano.

– Eres terrible, está bien te dejo lo más cerca que pueda y me voy que no quiero más líos.

Una gran algarabía escuchaba, escondido entre ropa sucia, que provenía de la sala taller. Asomé mi cabeza y vi que algo pasaba en el interior, sacudí echando hacia atrás mi bigote la ropa que tenía sobre mí y salte como un lince por su presa, le di las gracias a Ángeles y aproveché el caos que parecía haber en el interior del taller de carpintería para colarme sin ser visto, nadie me prestaba atención, todos los presentes viendo como Sonia y Raúl luchaban entre ellos con unas espadas improvisadas, hechas con tablas.

La monitora estaba hablando por el móvil debía taparse el oído libre para poder escuchar al que debería venir a poner orden. El griterío era ensordecedor.

Yo me sentí aliviado por evitar otra monserga, no estarían ya pendientes de mi ante tanto alboroto. Sonia le dio con el palo, que hacía la función de espada medieval, en la cabeza a Raúl y éste se arrodilló tocándose la cocorota pelona y dolorida, a continuación, se tumbó panza arriba y comenzó a aullar como un lobo herido en forma de cucaracha. Sonia reía a carcajadas hasta que vinieron Manuel y Maria Mercedes para intentar calmar a Sonia y llevársela para darle algún tranquilizante como en tantas otras ocasiones. Maria Mercedes se encontró con un inesperado forcejeo y terminó con sus posaderas en el suelo.

Mientras contemplaba este bello espectáculo me di cuenta de que a mi lado estaba Carolina bailando y sonriendo, era la única que escuchaba la música, dentro de su cabeza sonaría y yo a la par le sonreía.

Todo este descontrol se solucionó al llevarnos a todos al exterior, para relajarnos haciendo ejercicios respiratorios y otros movimientos nada sincronizados por parte unos y otros.

Al darnos media vuelta respirando profundamente, levantábamos los brazos apuntando al sol, en ese momento vi a lo lejos como los dos policías y Mercedes acompañaban a la misteriosa joven en dirección a un coche que esperaba junto a la puerta principal. La persona que acompañaban iba cubierta con capucha, pero estaba seguro que era ella: Margarita.

Mercedes no dejaba de mirar a todas partes, yo me hice el distraído resoplando moviendo mis brazos en alto como una torpe bailaora de flamenco.

– ¿Quién es esa? – Carolina, que estaba a mi lado, me preguntó. También pudo verla.

– Vaya, no es un fantasma producto de mi imaginación, tú también la has visto – le contesté al ver como la introducían el oscuro vehículo.

– No sé quién es, pero la tienen oculta en la parte de la casa que no conocemos, en una habitación, es todo muy extraño – le dije a la guapa de pelos rizados, sin mucho pensar, mientras miraba hacia los árboles haciéndome el distraído.

Horas después ya en mi habitación me tumbé en la cama, estaba intranquilo y a la vez cansado, miraba al techo con la cabeza en blanco, mi mano derecha sobre mis genitales y el dedo índice de la izquierda dentro de mi nariz. De repente escucho el sonido de un objeto en vibración. Podría ser un teléfono móvil, pero están prohibidos – ¿de dónde viene ese sonido? – me pregunté.

 


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